El camino de San Francisco de Asís, la via de peregrinación de Italia

Imagínate que viajas una semana a Italia para caminar, y para más inri, para recorrer un camino religioso plagado de monasterios, ¡qué desperdicio!, dirán algunos. Pues yo, que ni soy caminante ni religioso, disfruté siguiendo el camino de San Francisco de Asís como si esta fuera mi primera peregrinación (que lo era). Y es que el mejor ritmo para conocer el corazón de Italia, hasta llegar a Roma, igual es el marcado por nuestros pies.

Paisaje de Umbría durante el camino de San Francisco

Pero antes de adelantar acontecimientos, empezaré por el principio, como se merecen las buenas historias:

El sol apenas acariciaba los cercanos campos de la Toscana y las lejanas colinas de Umbría. Mientras, la docena de periodistas y bloggers que componía nuestro grupo, escuchábamos la bendición del padre franciscano en el recóndito monasterio de La Verna.

Troll del camino

 

La Verna y el inicio del camino

La mayoría tan sólo la escuchábamos, pues al no ser creyentes católicos no nos sabíamos las palabras a recitar. Únicamente tres italianos del grupo, entre ellos nuestro guía, seguían la oración con solemnidad. Al terminar, el humilde monje franciscano nos bendijo a todos, ante la pequeña aventura que íbamos a comenzar, con un sincero “buono camino”, las mismas palabras de ánimo que en el Camino de Santiago.

Desde La Verna hasta Assisi (Asís) nos separaban unos 180km, en los que el camino de San Francisco nos llevaría en orden inverso por algunos de los lugares más importantes en la vida de San Francisco de Asís que, como su nombre indica, nació en nuestro primer destino. Pero nuestro camino terminaría un poco más lejos: en la caótica Roma.

Otra vez me vuelvo a adelantar en nuestra historia, y es que todavía no he contado por qué es importante este rincón de la Toscana en nuestro camino y ya estoy hablando del final.

Antes de la construcción del Santuario de La Verna, nuestro santo protagonista, de avanzada edad para la época, vino hasta el monte homónimo para meditar (se encontraba en un momento de depresión) y, atraído por la enorme belleza del lugar, se quedó durante mes y medio en este paraje hasta que un buen día le aparecieron estigmas. Tan humilde era, que hacía todo lo posible para ocultar estas heridas (guardando sus manos en las mangas del hábito, por ejemplo), pues no se sentía digno de ellas, como muchos otros santos a lo largo de la historia.

Padre franciscano ante el Santuario de La Verna

Nuestra primera etapa comenzaba atravesando el bosque a paso cauto. Algunos teníamos poca confianza en nuestras fuerzas ante una ruta tan larga y preferíamos ir poco a poco, paso a paso. La primera gran ascensión a un monte cercano la superamos con buen humor y en la primera parada para picar algo ya compartíamos galletas (de comer) entre nosotros. Es curioso lo rápido que la gente se conoce cuando quiere comunicarse, sobre todo con nuestro pintoresco grupo, con personas de Alemania, Países Bajos, China, Australia, Sudáfrica, España (sólo yo) e Italia. Empezamos hablando en inglés, pero al final ya se podía oír italiano y español a partes iguales.

Súbitamente, habíamos llegado al lugar de comer, una hora antes de lo previsto. Nuestro ritmo conservador parece que no lo fue tanto, y de buen grado disfrutamos de los embutidos toscanos, aunque no de la misma manera de su horrible pan. Menos mal que esto es Italia y siempre hay buen vino para arreglar los problemas.

El resto de la jornada hicimos un poco de turisteo por Pieve Santo Stefano, para terminar el día en el punto de salida de nuestro siguiente tramo: Gubbio. Por arte de magia, nos saltamos cuatro etapas del camino de San Francisco, y es que teníamos tan sólo tres días para recorrer sus 180 kilómetros, así que tocaba hacer un poco de trampa y recorrer algunos tramos en autobús. No es lo más recomendable, pero es mejor que no conocer absolutamente nada del camino de San Francisco.

Interior del Santuario de La Verna
Camino de San Francisco por Umbría
Mapa del camino a seguir

 

Gubbio con sus locos y sus lobos

Gubbio podría decir que, por ahora, es mi ciudad favorita de Italia. Aquí me declararon oficialmente como loco y celebran sus fiestas con una frenética carrera cargando con los santos por sus calles en una especie de competición, en la que es imposible adelantarse. I Ceri, se llama. No se sabe de dónde viene esta costumbre, pues la fiesta en su origen era una procesión normal y corriente, pero debieron de aburrirse y echaron a correr. Muy locos están en Gubbio.

Por aquí pasó nuestro San Francisco, protagonizando una de las leyendas más bonitas sobre su vida: la del lobo de Gubbio. Cuenta la historia que un feroz lobo tenía asustaba a la población de mi ciudad favorita. Tanto, que ni siquiera se atrevían a salir de ella, por muy locos que estuvieran. San Francisco, con tal de ayudar a sus congéneres, salió motu proprio a solucionar el entuerto y, a su encuentro, el feroz lobo se mostró manso cual cachorrillo. El santo lo condujo a la ciudad, donde sus ciudadanos se comprometieron a sustentarlo a cambio de que dejase de de lado su sangriento instinto, y así todos vivieron felices y comieron perdices (el lobo murió apenas dos años después, de vejez, y está enterrado en la capilla de San Francisco).

Esta historia y la fuerte devoción hacia los animales de San Francisco, son el motivo de que sea considerado el patrono de los veterinarios y de todos los que se esfuerzan por conservar la naturaleza y el medio ambiente.

Cada vez me iba cayendo mejor este San Francisco. Debió de ser todo un personaje en su época.

Palacio del Cónsul de Gubbio
Comida típica de peregrino en la Toscana y Umbría
Atardecer sobre Gubbio desde el Palacio del Cónsul

 

Valfabbrica y la calidez medieval

Como pequeños hobbits, continuábamos nuestro camino por los senderos y bosques de Umbría sin parar de hablar de periodismo, religión, fotografía, del camino, o simplemente de la vida. Tan sólo nos callábamos cuando nos tocaba picotear algo de comer.

Pasito a pasito, cada vez estábamos más cerca de Asís, aunque aún teníamos una gran parada por delante, Valfabbrica. Antes de llegar, y durante unos pocos kilómetros, se nos juntaron unos nuevos compañeros de viaje que enriquecieron nuestro camino. Los niños, con sus juegos y dibujos, y los mayores, con sus bromas y explicaciones, nos transmitieron la calidez mediterránea hacia el forastero al instante, además de contarnos esos detalles que hacen que vayas entendiendo el lugar que visitas más allá de verlo con tus propios ojos.

En Valfabbrica igual no tienen la fama de locos de Gubbio, pero tampoco lo hacen nada mal, pues en sus fiestas activan la máquina del tiempo y se trasladan directamente a la fantasiosa Edad Media de los cuentos, celebrando durante un fin de semana toda clase de torneos, exhibiciones y actividades en el Palio di Valfabbrica.

Durante este camino de San Francisco estábamos conociendo muchas más fiestas que iglesias y monasterios, así como grandes personajes del camino, como la Mamma dei Peregrini de Valfabbrica.

Recreación de la fiesta medieval de Valfabbrica
La Mamma dei Peregrini de Valfabbrica
Espectadores del programa de televisión en el que compiten vecinos de Valfabbrica
Cowboy paseando por Valfabbrica

 

Asís, el origen y el final están a mitad de camino

Casi sin quererlo, nuestro pintoresco grupo afrontaba ya los últimos kilómetros hacia la tan mentada Asís, lugar de peregrinación tanto de creyentes, como de curiosos como nosotros.

Tras unos campos con viñas y olivos, vimos la gran Basílica de San Francisco de Asís recortándose contra el claro cielo. Se sentía cerca, pero antes de perdernos por sus calles, hicimos una parada en Il Monasterio di Santa Croce e l´Ospedale, a los pies del Bosco di San Francesco, para admirar el gran trabajo de restauración a cargo de FAI (una ONG italiana encargada de restaurar elementos patrimoniales de los que no hace caso el gobierno), y darnos un pequeño homenaje gastronómico con viandas de Umbría.

Asís es todo un espectáculo. Además de la imponente Basílica de San Francisco y su preciosa cripta, hay muchos otros lugares a visitar, como el castillo de Rocca Maggiore (en el que, por supuesto, hacen una fiesta de recreación medieval, así como un festival de música medieval de gran prestigio); el precioso centro histórico del pueblo, afectado hace años por un terremoto pero ya totalmente recuperado, donde hay lugares únicos como el templo romano reconvertido en inglesia, o la consabida catedral; y la ermita de las Cárceles (Eremo delle Carceri), situada en un bonito rincón en las faldas del monte Subasio, y a donde nuestro santo favorito también se retiró a meditar. Tenía buen gusto San Francisco para los lugares de retiro.

En Asís tuvimos la suerte de conocer a un simpático monje franciscano (dicen que en Italia todos los franciscanos lo son), que nos contó que la característica más importante de la orden es el voto de pobreza, por lo que los monjes no tienen ninguna posesión material. Algo que parece muy sencillo de entender, excepto para el funcionario de aduanas norteamericano que le solicitó la tarjeta de crédito y otras pruebas que demostrasen que no era un inmigrante ilegal cuando el monje acudió a Estados Unidos para estudiar en una universidad.

Burocracia aparte, y con muchas más anécdotas en nuestra memoria, desde Asís continuamos caminando hasta donde llevan todos los caminos: Roma.

Llegada a Asís
Altar en la ermita de las Cárceles
Basílica de San Francisco en Asís
Monje paseando por el monasterio de Asís
Il Monasterio di Santa Croce e l´Ospedale en Asís

 

Spello, de flores y hierbas espontáneas

Apenas 15 kilómetros y unos cuantos pasos separan Asís del pintoresco pueblo de Spello, pero parece un mundo cuando, recorriendo sus calles, vemos que es incluso más bonito que Asís pero casi no hay turistas por aquí. Ventajas de viajar despacio por lugares poco masificados.

Más allá de la muralla de Spello, o de la típica iglesia italiana decorada con frescos de una belleza inigualable, lo que más me atrajo de este pueblo fueron sus plantas.

Por un lado, la fiesta principal de Spello, la Infiorata, consiste en crear coloridos tapices de pétalos que tan sólo duran unas horas, pero que rememoran durante todo el año. Durante unos minutos pude comprobar lo minucioso de este trabajo efímero, y lo bonito que es el resultado.

Por otro lado, me sorprendió que un pueblo tan pequeño pueda tener un instituto de hierbas espontáneas, dedicado al estudio y catalogación de las plantas silvestres que pueden tener usos medicinales y, siguiendo la idea de su fundación, gastronómicos.

El camino hasta Roma atravesando Umbría estaba lleno de sorpresas, y todavía nos quedaban unas cuantas por descubrir.

Ejemplo de la Infiorate de Spello
Muralla y torre de Spello
Credencial del peregrino
Atardecer en Spello

 

Greccio, de nacimientos y belenes

De nuevo, el autobús nos sirvió para teletransportarnos más adelante en nuestro camino, dejándonos a pocos kilómetros de la última frontera entre regiones. Apenas una hora después nos despedíamos de Umbría para entrar a través de las montañas en Lazio, dándonos la bienvenida el santuario, primero, y el pueblo, después, de Greccio.

Greccio es otro coqueto pueblo italiano perteneciente al exclusivo club de los pueblos más bonitos de Italia. San Francisco lo hizo único, sin saberlo, durante una fría Nochebuena, al representar por primera vez un pesebre viviente, con su mula y su buey, en el santuario.

Desde aquel lejano año de 1223, se ha conservado la tradición de representar el nacimiento de Jesús, pudiendo encontrarlo en las paredes de muchos de los edificios o en el extenso museo repleto de belenes de lo más variopintos.

Pero, sin duda, el lugar más especial de Greccio es el Santuario della Valle Santa, en el que podemos visitar la celda en la que estuvo San Francisco hasta la pascua del año siguiente. Una minúscula habitación que inimaginable en el peor de los hoteles.

Paisaje de Umbría
Plaza mayor de Greccio
Celda de San Francisco en el Santuario della Valle Santa de Greccio
Belén clásico de Greccio

 

Stroncone, historia musical en libros

El camino estaba llegando a su fin. Los, apenas unos días antes, desconocidos compañeros de ruta, ya éramos un gran grupo de amigos disfrutando de las cosas más sencillas: caminar por la naturaleza, sentir el sol sobre nuestras caras, una buena conversación mezclando idiomas, beber copa de vino al final de la jornada…

Roma ya se presentía cerca, con todo su jaleo, mas aún nos quedaba una última parada: el pequeño pueblo de Stroncone. Aunque no tenga nada que ver con la historia de San Francisco (que yo sepa), es imposible resistirse a un pintoresco pueblo medieval italiano, donde, por supuesto, la fiesta grande consiste en hacer recreaciones renacentistas.

Algo que parece muy sencillo, sobre todo cuando visitas el ayuntamiento y te muestran la antigua máquina para votaciones (una simple caja en la que los votantes depositaban bolas en la opción deseada), y los grandes libros de cánticos gregorianos del siglo XIV, con tan sólo 4 líneas en vez de pentagramas. A veces, uno tiene la sensación de que Italia es un museo inmenso.

Recreación de lavanderas en Stroncone
Calle de Stroncone
Espectáculo medieval en el castillo de Asís

 

Roma, el caos

Ahora sí. Tras cinco días caminando por algunos de los lugares más bonitos del centro de la Toscana y de Umbría, llegábamos a la ciudad eterna, al final de todos los caminos, a Roma.

En nuestra peculiar peregrinación de los caminos de San Francisco nos uníamos a otros cuatro grupos de peregrinos, sumando más de 70 almas, para entrar todos juntos en Roma siguiendo la Vía Francigena.

La reconfortante soledad y camaradería de los días anteriores transitando por sencillos caminos daba paso a una especie de romería decorada por los bloques de apartamentos de los suburbios de Roma. Supongo que este es el tipo de conmoción que sufre alguien acostumbrado a la buena vida y se ve forzado a sumergirse en el caos.

Con la romería llegamos al Monte Mario, el parque con una de las mejores vistas que se pueden tener del norte de Roma, con el Coliseo y el Vaticano erigiéndose imponentes. Es curioso ver cómo el voto de pobreza va diluyéndose según te acercas al Vaticano.

Al día siguiente, miércoles, acudimos a la audiencia pública que el Papa realiza en la plaza de San Pedro. Un multitudinario acto curioso de ver durante un rato (se extiende durante unas 3 horas), sobre todo por la variopinta gente que acude a él.

Vista de Roma desde el Monte Mario

Esa mañana tuve la suerte de reencontrarme con una de las personas más auténticas que conocí durante el camino: el humilde peregrino. Lo vi por primera vez a la puerta de la basílica de Asís, donde estaba descalzo con su austera túnica y robusto cayado. Era la imagen perfecta de un peregrino clásico, así que no dudé en acercarme y preguntarle si podía hacerle una fotografía para el recuerdo. Sinceramente rehusó que le hiciera la fotografía, porque entonces le estaría considerando una persona importante, y en su opinión no lo era.

Eso sí, no tuvo problema en dedicarme unos minutos para contarme su historia y por qué estaba allí.

Por casualidad, me lo volví a encontrar en la plaza de San Pedro del Vaticano, arrodillado, sumido en sus plegarias, luciendo unos pies negrísimos. Me acerqué a él para saludarle, y con alegría me estrechó la mano y me felicitó por estar allí. Según me contó, todos los miércoles acude a Roma desde Asís en tren para presenciar la audiencia del Papa, y así coger fuerzas para seguir las ideas que San Francisco estableció siglos antes.

Auciendia pública del Papa
Peregrino humilde en San Pedro del Vaticano

 

Conclusiones

La Vía de San Francisco ha sido la primera ruta de peregrinación que he hecho en mi vida, y sospecho que no será la última. Dejando a un lado la parte religiosa, que a mí no me interesa más allá de su faceta histórica y de leyenda, me parece muy enriquecedor conocer un lugar siguiendo a pie una ruta de varios días, y más si tiene los paisajes y el legado cultural de la Toscana y de Umbría.

Lo que más me gustó de la Via de San Francisco fue el equilibrio entre sencillez y disfrute que rodea todo el camino, pues sin ningún lujo, llegas a gozar plenamente del viaje, sin falta de nada más que un poco de comida, un techo y una buena compañía.

La historia religiosa es la excusa que necesitan algunos para hacer la ruta, pero no hace falta complicarse tanto. Con tener ganas de vivir un poquito ya encontrarás la manera de hacerla y de conocer la amable Italia.

Información práctica para revivir el camino de San Francisco:

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